La ruptura del pacto y la profecía de Josep Tarradellas

Por Rafael Núñez.

Describiendo la coyuntura en que nos encontramos, afirmaba Vicente Serrano. “Pedro Sánchez, desde la cortedad de miras habitual de los gobiernos españoles, se dejará asesorar por un nuevo lobby de intelectuales de la catalanidad –parece que no radicales, pero catalanistas- que, como siempre, esgrimen la necesidad de incrementar el autogobierno –otro meme inaceptable-, que no es otra cosa que aumentar privilegios y generar desigualdad. ¿Para cuándo se nos tendrá en cuenta a los no nacionalistas –no catalanistas–, charnegos, vamos, para cuándo? ¡Somos mayoría social, no lo olvide Sr. Sánchez!”

El escrito de Vicente Serrano valoraba el documento (el típico manifiesto de los abajo firmantes) de una serie de personajes públicos, afines en su mayoría al PSC, pidiendo actitudes dialogantes entre el Govern y el gobierno a fin de entrar en un nueva etapa de acuerdos y normalidad institucional. La nómina de políticos e intelectuales conocidos resulta, significativamente,  menos larga que hace unos lustros: a lo largo de ese tiempo muchos de sus colegas han ido transitando desde la izquierda catalanista (socialista, comunista, verde…) al nacionalismo soberanista, su destino natural, dando por amortizada su misión de convertir a las organizaciones de izquierdas en satélites del catalanismo o del “consenso catalanista”.

Este tipo de documentos apoyados por notables abajo-firmantes ha formado parte del paisaje político catalán de las últimas décadas, caracterizado por la recurrente mediación intelectual y social de color progre, que supuestamente, desde una posición comprensiva y “equidistante”,  pretendía hacer comprensible el “problema catalán” frente a las posiciones numantinas del centralismo español y la “caverna mediática”. Los términos bipolares solían -y suelen- ser catalanismo versus españolismo, autogobierno versus centralismo, “pueblo catalán” frente a “Estado español”. España, aunque normalmente innominada, es el compendio de españolismo, centralismo y Estado español (expresión heredera del franquismo, que a su vez entronca con los fascismos de los años 20 y 30 y con el franquismo).

Podría parecer que nos encontramos ante la repetición cíclica de un nuevo episodio de ese tipo de enfrentamientos identitarios y políticos (catalanismo y catalanidad versus lerrouxismo, españolismo y centralismo), que se han venido esgrimiendo como amenaza para la convivencia en Cataluña desde la Transición. Pero, no; en la conclusión del artículo de Vicente Serrano aparecen una pregunta y una afirmación que constituyen una novedad radical, de origen muy reciente, que suponen una ruptura radical con el proceso de pacto y convivencia vivido las últimas cuatro décadas.

La pregunta de Vicente es: “Hasta cuándo no se nos tendrá en cuenta…?” La afirmación es: “¡Somos la mayoría social”. Es decir, ¿durante cuánto tiempo más seguirán ninguneando, en el juego de las relaciones  políticas entren Govern y Estado y en el ejercicio del autogobierno, al sujeto social mayoritario en Cataluña, que, roto el pacto tácito de su acomodo a la “construcció i normalització nacional”, en condición de fuerza subalterna o sobrevenida, se niega ahora a que se le ningunee su  protagonismo social y político?

Hasta ahora, desde finales de los años sesenta del siglo pasado, las élites burguesas catalanistas  han llevado a cabo un plan de auténtico diseño de ingeniería social y política, denominado usualmente como de “(re)construcción nacional” o “normalització nacional”. Nos son ya conocidos los documentos de Pujol y otros cerebros catalanistas que desgranaban las distintas y sucesivas secuencias de ese plan estratégico, cuyo objetivo principal era y es que la Cataluña del imaginario catalanista no se diluya al contacto con movimientos sociales, demográficos, políticos, culturales, ideológicos, etc., o sea, con lo español. Era una preocupación que surge a finales del siglo XIX y principios del XX, que se recrudece en el primer tercio del siglo pasado, sufre su particular calvario durante la guerra civil y reaparece con cierta presencia en tiempos del franquismo, pero, significativamente, cuando desde finales de los años 50 se inicia el desarrollismo e industrialización y los éxodos rurales del campo español a las urbes industriales

El objetivo del catalanismo, la “hegemonía nacional”

El consenso político de los años 70 en torno al proyecto de “reconstrucció nacional” y las largas décadas de ejercicio del poder autonómico en nombre de ese proyecto “nacional” catalanista, objeto del consenso de la totalidad de todas las organizaciones políticas no “sucursalistas” (eufemismo de españolistas) les ha permitido a los nacionalistas catalanes alcanzar la primera gran meta del proceso: la “hegemonía nacional”, concepto incorporado del dirigente y teórico comunista italiano, Antonio Gramsci, estudiado por los teóricos del PSUC. Este era el objetivo diseñado y perseguido, prácticamente desde los orígenes del catalanismo, que está en el centro de casi toda la extensa bibliografía que se ha publicado al respecto. ¿Qué quiere decir la “hegemonía nacional”?

La hegemonía ha sido siempre esa voluntad de ejercer la dirección, control y dominio social, cultura, ideológico y político, que han mostrado las élites, sin necesidad de sobrepasar la violencia simbólica y lingüística.

El objetivo de los catalanistas en el postfranquismo, en esas décadas que van de los años setenta del siglo XX a principios del siglo XXI, ha conseguido “sacralizar” el imaginario y simbología catalanistas (“nacionales”), especialmente la existencia de una comunidad ancestral con unidad de destino, un pasado inventado avalado por una fecunda y beligerante historiografía, y, muy en particular, la lengua como arma ideológica y cultural. El objetivo era y es alcanzar la “hegemonía” en la vida pública y política y situar en posición subalterna, deudora con la “nación” de acogida,  a la mayoría social, principalmente obrera y de origen inmigrado,  que constituía la principal fuerza de oposición social, sindical y vecinal al franquismo y nutría el grueso de la militancia en el PSUC, el Partido por excelencia de la oposición a la dictadura, y de la afiliación en los sindicatos clandestinos.

La democracia siempre les ha importado menos o nada. Para “ellos”, el valor y significado de la democracia ha sido y es puramente instrumental para alanzar su “hegemonía nacional” y “democracia orgánica”. Durante el movimiento de l´Assemblea de Catalunya, los límites (“líneas rojas”) marcadas a la oposición democrática eran claras y tajantes: no permitir protagonismo dirigente alguno ni a las organizaciones obreras clandestinas ni a partidos no catalanistas o  no “nacionales” catalanes. Las directrices de Pujol a Miquel Sellarés, su hombre en la A. C., los documentos internos del PSUC, las declaraciones y documentos que esclarecen el pacto (“compromiso a la italiana”) entre PSUC y CDC (Pujol) y las múltiples declaraciones de los “submarinos” de ambas formaciones políticas en la A. C. son como un manual al respecto. La democracia no podía significar bajo ningún punto de vista un sistema político no controlado por los catalanistas en Cataluña.

La consecución de la hegemonía había sido el eje central del plan de “construcció nacional”. En 1997, lo exponían con detalle Salvador Giner y Lluís Flaquer  en su libro “La cultura catalana: el sagrat y el profà”. Por esas fechas, la lengua, un hecho tan profano, social y cotidiano, como la lengua y los usos lingüísticos, tal y como mostraba y demostraba el filólogo y profesor de catalán Jesús Royo, había consolidado su naturaleza “sagrada” y formaba parte de esa “sacra némesis” catalanista, que Jon Juaristi aplicaba a la construcción del discurso sagrado del nacionalismo vasco.

La “batalla lingüística” (llamada también de manera más eufemística la “cuestión lingüística” o el “problema lingüístico”), no es ninguna batalla entre los catalanoparlantes y castellanohablantes ni sobre los usos lingüísticos individuales. Muchos, que ignoran la naturaleza del “procés” durante las décadas de los años 70, 80 y 90 del siglo pasado, observaban plena normalidad en los usos lingüísticos sociales del catalán y del castellano en la calle, bares, tiendas, restaurantes, espectáculos públicos, centros educativos o espacios de ocio. No fue de modo muy diferente durante gran parte del franquismo.  Ha sido difícil hacer entender que el “problema” ha sido y es el “maltrato” y manipulación de la lengua catalana como campo de batalla por la hegemonía política.

El catalán, como elemento decisivo de la batalla política por la hegemonía cultural y el control social, ha contado con el apoyo, propaganda y activismo de un enjambre de filólogos catalanistas, incubados en el nacionalismo sociolingüístico que se configuró de manera temprana en los años 60 (sólo la bibliografía que tengo en casa requiere todo un libro). Ha sido una batalla con un caudal ingente e incesante de recursos puestos a su disposición, al amparo de la “discriminación positiva”, en base a los supuestos del catalán como lengua perseguida, lengua discriminada y víctima histórica del centralismo del Estado español y del nacionalismo español asociado al Estado. El Estado español decimonónico no aparece en estos análisis como un régimen constitucional liberal, sino totalitario o despótico.

El filólogo nacionalista Albert Branxadell admitió en uno de sus libros que, por el contrario, las posiciones del nacionalismo lingüístico iban en contra del liberalismo. El problema más bien es la debilidad del modelo democrático jacobino del liberalismo español. De haberse aplicado en España un liberalismo en regla (al estilo francés), sí que el catalán hubiera sido la víctima efectiva que se autoproclama; de igual modo, este filólogo expuso en su libro que en una hipotética República catalana independiente las exigencias democráticas obligarían asimismo e inequívocamente a la aceptación del bilingüismo y de la igualdad de derechos de los ciudadanos de ambas lenguas en la escuela, en el acceso a la función pública, a la movilidad dentro de las administraciones públicas, en las oposiciones docentes, etc., etc. .

La perversa manipulación política e ideológica de la lengua

Estamos, pues, ante lo que filólogos no nacionalistas, o sea, no nacional-lingüistas, denuncian como perversa manipulación política e ideológica de la lengua. El filólogo (de filología románica) Joan Lluis Marfany caracterizó todo este largo proceso histórico de “maltractament” y “manipulación de la lengua” (La llengua maltractada, 2001) y los filólogos e historiadores de la cultura catalana Xavier Pericay y Ferran Toutain (Verinosa llengua, 1991) consideran la instrumentalización del catalán como un elemento medular de la invención y construcción cultural del catalanismo y de su batalla política por la hegemonía. El debate es inacabable.

En mi opinión, el ejemplo más significativo es la trayectoria del filólogo Jesús Royo Arpón, profesor de Instituto de Secundaria Bachillerato, jubilado, y ex militante del Partido Socialista de Cataluña, del que he sido colega y compañero en fatigas docentes, conflictos funcionariales y recorridos políticos.  La mayor parte de su vida docente Jesús Royo ha sido catedrático de Lengua Catalana. De familia castellanohablante, entendía que el acceso de los trabajadores ‘charnegos‘ al catalán era la condición de su acceso al poder (tesis de “Una llengua és un mercat, 1990, premiada a pesar de las críticas advertencias de algunos lingüistas nacionalistas). Posteriormente, quizá demasiado tarde, cosa que ha lamentado alguna vez, entendió que, al contrario, el énfasis sobre la lengua en Cataluña corresponde a una estrategia de exclusión social: “el catalán es, al cabo, una marca territorial, como los puntos de orina de los lobos, que delimitan la legitimidad, y equivalen a cualquier otra marca como la raza, la religión o la pureza de sangre: ‘Si no hablas catalán no eres nadie, cállate (tesis de Arguments per al bilingüisme, 2000)’. Él considera que “hoy en Cataluña opinar así equivale al ostracismo, a la muerte cívica”. Por eso no es extraño que fuera expedientado y expulsado del PSC.

Desde un principio, no se trató de abordar los problemas de usos de las lenguas en una sociedad bilingüe o con una acentuada diglosia, antes, a favor del castellano, y ahora, del catalán. De hecho, ni siquiera en la Transición (Documento Per una nova escola pública catalana) ni en los debates ideológicos en las revistas de referencia de la izquierda (Taula de Canvi, Nous horitzons, Quaderns d´Alliberament, Materiales, Mientras tanto…) se abordaron en rigor los modelos lingüísticos aplicables en Cataluña de acuerdo a su situación sociolingüística e idoneidad pedagógica y educativa, como podría habérselo planteado, por ejemplo, una especialista como Inger Enkvist o técnicos de la UNESCO.

No hubo ni bilingüismo ni lengua materna

Debido a esa ambigüedad, los pedagogos del antifranquismo y la Transición nos dieron el pego bien pegado. En un principio, se abogaba por la “lengua materna” en la primera  escolarización, de acuerdo con los principios de la UNESCO.  Parecía que la institución pedagógica “Rosa Sensat” y su máxima exponente, Marta Mata, abogarían por la lengua materna como primera lengua en la enseñanza dentro de un modelo bilingüe.  Es lo que se desprendía también de las publicaciones en “Perspectiva escolar”, revista de la avanzadilla de Rosa Sensat. Pero no hubo ni bilingüismo ni lengua materna, sino “llengua de país”, “llengua propia”, “llengua de la terra”… y otros términos que suponían un simple mecanismo de inversión y sustitución del modelo lingüístico vigente en el franquismo.

Se aplicó, asimismo, en el sistema educativo lo conocido como “inmersión lingüística” de una parte, la de los castellanohablantes, con un modelo supuestamente inspirado en el de Quebec, pero con una función y metodología muy diferentes a la del supuesto modelo quebequés, perversión que enervó a su mentor, el filólogo Lluis V. Aracil, y a otros del gremio no nacionalista, como Iván Tubau.

El modelo de asimilación social a través de la lengua está tan interiorizado por los poderes y élites políticas que acaba de ser ratificado por la actual ministra Montón, a pesar de las muchas declaraciones e informes contrarios de expertos, de las manifestaciones críticas de la UNESCO y de  organismos de la UE, de las reconvenciones del Tribunal Constitucional y de la descalificación expresada incluso en el propio Parlament de Cataluña por Inger Enksvit y diversos especialistas internacionales.

En suma, desde un principio la lengua fue un arma central del catalanismo en la batalla por la hegemonía. Durante décadas ha sido el elemento ideológico y político más importante para dirimir la batalla del proceso (la llamada “cuestión catalana”) en el terreno de la hegemonía. Desde la hegemonía, era y es posible –y más, dadas las características del- Estado autonómico- pilotar las fases del “procés”. Sandrine Morel, corresponsal en España de Le Monde y autora del reciente libro En el huracán catalán, dedica cuatro o cinco  capítulos al proyecto de “hegemonización” para explicar el “laberinto del procés”.

El proceso de hegemonización fue la clave del dominio catalanista hasta el advenimiento de la crisis. Cuando sobrevino la crisis, la vida política, administrativa y pública de Cataluña estaba en manos de una nueva “clerecía” y “menestralía” intelectual, cultural y política, constituida en columna vertebral del ejercicio monopolista y excluyente del poder por parte de los partidos y élites catalanistas. El asunto no era nuevo. La formación de esa “clerecía” y “menestralía” culturales nos remite, en sus orígenes, a los tiempos de Prat de la Riba al frente de la Mancomunitat de Catalunya, consciente de que la adhesión de esos sectores sociales pertenecientes a las clases medias y pequeño burguesas eran determinantes en el desarrollo de los nacionalismos modernos en las sociedades de masas, tanto para el encuadramiento de éstas en la “sociedad civil” orgánica o nacionalista como para su movilización en la calle.

La hegemonía catalanista (o nacionalista, pues todo el lenguaje y simbología pivotaban sobre la idea de identidad nacional catalana) se tradujo en los años 80 y 90 en la apropiación exclusiva y excluyente del  lenguaje, es decir, de los usos y significados del dominio lingüístico. Acabó siendo totalmente “hegemónico” el relato y discurso catalanista sobre “nación”, “democracia” y “derechos colectivos” e “históricos”, en un sentido ajeno al liberalismo democrático, es decir, estableciendo la primacía de las identidades frente a la ciudadanía constitucional. Con este objetivo se acabó imponiendo su lenguaje sobre la “externalización” del “Estado español” respecto a la política y sociedad catalanas, sobre la “inmersión lingüística” y la educación, sobre las tradiciones y la identidad catalanas y demás iconografía catalanista.

Los disidentes, condenados a sufrir estigmas, acosos y descalificaciones

Desde la hegemonía alcanzada y la aceptación mayoritaria de la manipulación lingüística  todo funcionó como  vía obligada para el objetivo nacionalista del pleno control social, administrativo, institucional, mediático y político.  Los que no comulgaban con esa biblia nacionalista y hacían pública o notoria su disidencia en algún ámbito de la vida pública estaban condenados a sufrir estigmas, acosos, sambenitos, descalificaciones, en suma, una especie de ostracismo (rechazo por la comunidad) y exilio interior. Los términos descalificatorios y excluyentes estaban siempre asociados con españolismo, franquismo, fascismo, centralismo, sucursalismo y lerrouxismo (el primer enemigo interno serio –integrado en el republicanismo radical español-, que encontró el catalanismo y al que se acusaba de enfrentar a los catalanes desde los despachos de Madrid en la primera década del siglo XX).  Todo venía a ser lo mismo.

Se presuponía que cualquier crítica al catalanismo no podía ser sino una muestra de españolismo, o lo que es lo mismo, de franquismo, que la disyuntiva era o identificarse con los derechos nacionales ninguneados y pisoteados del pueblo oprimido (el catalán, en este caso), o con el nacionalismo  del Estado opresor y expoliador, el español. Quedábamos atrapados en lo que Ignatieff describió como el “círculo perverso” de los nacionalismos.

Desde muy pronto, se estableció en el lenguaje político y la vida pública, como explica Félix Ovejero, la estrategia que “sostiene que, inevitablemente, la crítica al nacionalismo solo se puede hacer desde otro nacionalismo, el español (…). La versión académica del “todos somos nacionalistas” acude a la teoría del nacionalismo banal de Billig, según la cual, en tanto que los Estados precisan de materializaciones simbólicas compartidas (DNI, matrículas, banderas), los nacionalistas cívicos acabarían también en nacionalistas identitarios. Aunque Billig no deslumbra por su precisión resulta más cauto que sus apologistas y recuerda que “extender indiscriminadamente el término nacionalismo induciría a confusión: como es natural, hay diferencia entre la bandera que enarbolan quienes practican la limpieza étnica en Serbia y la que ondea discretamente en las puertas de una oficina de correos de Estados Unidos”.

«No, no todo es lo mismo –prosigue Félix Ovejero-. Algo que deberían reconocer nuestros nacionalistas tout court, por más licencias analíticas que se concedan (por ejemplo, cuando asumen que “catalán fascista” es una imposibilidad conceptual, mientras que “español” y “fascista” son conceptos coextensivos). Es el cuento de Franco que los nacionalistas han difundido hasta la fatiga: asociar España al nacionalcatolicismo». Era la norma. Es lo que, con ocasión y sin ella, acostumbraba a hacer Rafael Ribó, por entonces dirigente “independiente” de la Asamblea de Cataluña y más tarde secretario general del PSUC (hasta su liquidación) y desde entonces “síndic de greuges” (defensor del pueblo catalán) vitalicio, empecinado en defender en exclusiva a los pata negra del “poble català” de cuantas denuncias por adoctrinamiento escolar, normalización lingüística,  acoso…,  le llegan de los “otros” (españolistas).

Los principales destinatarios del mensaje de integración/exclusión eran, obviamente, los antepasados y ascendientes históricos de los inmersionados, esos “foranis” internos sobrevenidos, no del todo “integrados” o integrables, gentes afiliadas a sindicatos, mitineros folloneros, y, en su mayor parte, castellanohablantes. Este fue uno de los nudos argumentales del trabajo que publiqué en El Viejo Topo, “Más allá de la normalización lingüística, qué y a quién se ha de normalizar”.

Durante las décadas de los 70, 80 y 90, la multitud social de “xarnegos” y “foranis” no estaba todavía expuesta, de manera notoria y pública, a la exclusión, al escarnio, a la condición de ilotas, de seres inferiores, de sujetos bestiales  o, en suma, de ciudadanos de segunda.

Salvo en documentos internos y alguna que otra publicación de circulación minoritaria y de algunos deslices notorios, como el de Pujol, y obras como la de José Ferrater Las formas de vida catalanas), los castellenohablantes eran tratados de manera condescendiente como los “otros catalanes”, “els altres catalans”, “nous catalanas”, que figuraban como los subalternos o advenedizos en el “álbum familiar” (expresión de Jaume Botey,  sociólogo catalanista muy de izquierdas). Encontraron en Paco Candel el amanuense que pujolistas y psuqueros necesitaban para describir y encuadrar en los márgenes de la catalanidad a los recién llegados, que pasaban de la condición de españoles a la de “nuevos catalanes”. Cumplida su misión, el pobre Paco murió pobre y olvidado.  La función de Paco Candel era una aspiración catalanista que venía de muy antiguo, consistente en la integración de los “foranis” en una supuesta izquierda catalanista o catalanismo de izquierdas.

El asidero de un “socialismo catalanista”

El asidero al que se agarran los defensores de la existencia histórica de un socialismo catalanista o de un catalanismo de izquierdas es la fundación de la Unió Socialista de Catalunya (1923) por un pequeño grupo de intelectuales y profesores universitarios (Rafael Campalans, Serra i Moret, Alomar, Xirau…), que obtuvieron algunos escaños en las elecciones de 1931 por su incorporación a las listas de ERC.

El diputado socialista (de la USC) y pancatalanista Gabriel Alomar, nombrado poco después, el mismo 1931, embajador de la II República en Roma, comentaba en una entrevista para el diario El Sol que «Cataluña es país de inmigración proletaria. Muchos de esos núcleos de trabajadores carecen del sentido del connubio (casamiento, matrimonio, enlace nupcial) y arraigo con la tierra; es decir: de ciudadanía. Esto ha provocado ideales demasiado simplistas y primarios cuya fórmula fue el anarquismo. Nosotros intentamos crear en Cataluña el núcleo de un partido socialista digno de la grandeza de Cataluña… Aunque teóricamente no puede haber nada más opuesto que los conceptos nacionalismo y socialismo, tampoco es natural que un partido socialista (PSOE) constituido dentro de cada Estado quiera confundir su vida nacional con la del Estado… En Barcelona, antes de la formación del Sindicato Único, prevaleció el anarquismo, caracterizado por la existencia de masas sociales de acarreo… No merece la pena (absorber a los núcleos de la UGT). Llevan una vida muy precaria y será mejor crear núcleos nuevos y jóvenes… Hasta tal punto y con tal simpatía que hemos venido al Parlamento íntimamente ligados con la Esquerra (ERC)…».

Durante décadas esa mayoría social ha aceptado en Cataluña ese largo proceso de “normalización” e integración o, al menos, lo ha “conllevado”, sin necesidad de mostrar una identificación explícita con las ideas y símbolos de la “construcció nacional” y toreando sin mayores aspavientos el lenguaje, las normalizaciones e inmersiones lingüísticas, los mitos, los ritos y las leyendas del catalanismo y sus misacantanos.

El aprendizaje para conllevar su situación subalterna  se produjo en los tiempos en que esta multitud social otorgaron a las izquierdas mayoritarias electorales en Cataluña, los años precisamente en que se configura la Cataluña actual. El PSUC y más tarde el PSC fueron partidos de mayorías militantes y votantes abrumadoramente xarnegas, pero dirigidos por élites “catalanistas de izquierdas”. El objetivo de estos partidos era la “integración” de sus bases militantes y apoyos sociales en la identidad catalana (lengua, historia, símbolos y representación política catalanista). Se alegaba que la integración era una necesidad para que los nuevos catalanes no quedaran relegados y segregados en guetos, en este otro país que era Cataluña, y para evitar a toda costa problemas de convivencia, o sea, una guerra de identidades nacionales. Como mal menor, a los que no tragaban con lo que entendía era una imposición, se les recomendaba no tensar la cuerda, expresión frecuente cuando la fusión de los socialistas del PSOE con los catalanistas de CSC en el PSC. El argumento era coincidente entre los círculos cristianos, los pujolistas, los socialistas y los comunistas.

Los trabajadores conocían la estima en que tenían su trabajo los encargados y jefes de las industrias, pero también tenían conocimiento de comentarios, exabruptos y actitudes de cierto desprecio de esos integrantes de la burguesía y clases medias hacia los llegados de fuera (foranis). Llegué a conocer a alguno de estos encargados de fábrica, que después fueron cargos municipales, incluso concejales de cultura. Normalmente, la mirada hacia los “foranis” o “xarnegos” expresaba un cierto aire de superioridad, típico de los prejuicios de los que viven en un país con un mayor grado de desarrollo, más civilizado y ética del trabajo hacia los que llegaban del campo, del Sur, de regiones pobres, de pueblos ágrafos. Se evitaba decir la palabra España. Se sabía su procedencia, pero se les denominaba genéricamente como “castellans”, término que no estaba libre de connotaciones despectivas.

De igual modo, a los del Sur se les miraba con sentido de superioridad –de cruel supremacismo-, desde la posición de superioridad que expuso Pujol en su conocido libro sobre la inmigración en Cataluña, publicado en 1975. Pero, ese desprecio, muy arraigado en entre los demógrafos catalanistas desde principios del siglo XX, quedaba velado por otros tópicos de la “tierra de acogida”, del respeto a la identidad oprimida y perseguida durante el franquismo y tantas expresiones de este tenor normalizadas por los dueños “legítimos” del país, es decir, las élites catalanistas, que, entre 1977 y 1982, coparon las direcciones de los partidos de izquierdas. Tal y como aparece en los estudios de sociología política de Josep Mª Colomer, la representación parlamentaria e institucional de las izquierdas, de la mayoría social, también estaba en manos de elementos pertenecientes a las élites catalanistas.

Félix Ovejero lo ve con la perspectiva que da el presente: «El desprecio hacia los españoles —y no hay otro modo de decirlo, pero es que es así— en tanto que españoles no es una extravagancia de Torra en tarde de casino. Si ha podido difundir sus ideas durante años es porque no resaltaban junto a otras publicaciones, porque nadie veía nada anómalo en la xenofobia o el supremacismo, porque antes de ayer escribía Pujol: “Tenemos que cuidarnos (del mestizaje), porque hay gente que lo quiere, y ello sería el final de Cataluña. La cuestión del mestizaje (…) para Cataluña es una cuestión de ser o no ser. A un vaso se le tira sal y la disuelve; se le tira un poco más y también la disuelve. Cataluña es como un árbol al que se le injertan constantemente gentes e ideas desde hace siglos; y eso sale bien siempre que no sea de una manera absolutamente abusiva y que el tronco sea sólido”. En 2004. Ni Franco en los cuarenta. La verdad es que no se me ocurre cómo, frente a esas ideas, que desprecian a los españoles por españoles, se puede defender un proyecto de convivencia evitando la palabra España».

En realidad, por parte de los xarnegos y una minoría de intelectuales y teóricos de la izquierda, no fue tan sencillo como parece ese “aprendizaje” del acomodo a la catalanidad y a las políticas de “normalización nacional”. Fue un proceso salpicado de polémicas convulsas, de amenazas e incluso de violencia. Hubo debates intensos sobre el grado de violencia ideológica y simbólica y de aculturación asimilacionista que suponía la propuesta de integración. Para algunos sociólogos, historiadores, politólogos y sindicalistas (Faustino Miguélez, Carlota Solé, Antonio Izquierdo, Josep Mª Colomer, Antoni Jutglar, Jacqueline Hall, etc.) los términos de las propuestas de integración comportaban una inaceptable asimilación y sumisión clasistas. Estos debates fueron importantes, y en algunos casos monográficos, en revistas como Perspectiva social, Papers. Revista de Sociología, Materiales, Mientras tanto, Quaderns socials y otras pocas.

No obstante, el momento más conflictivo se produjo a finales de 1980 cuando un nutrido grupo de 2.300 ciudadanos, mayoritariamente compuesto por docentes, profesionales liberales, intelectuales y agentes culturales, suscribió un documento (Manifiesto de los 2.300), contra la exclusión del castellano en la enseñanza y administración públicas y en defensa de los derechos individuales de los castellanohablantes, que se hizo público en marzo de 1981. Los ataques descalificatorios y desligitimadores fueron muy virulentos, incluso en los medios de información general; los descalificativos de fascistas, de españolistas, fachas, etc., contaron a su favor con el hecho de que muchos de los firmantes eran funcionarios, si bien, paradójicamente, el documento surgió de gentes que entonces militaban en la izquierda (caso de Amando de Miguel y de Federico Jiménez Losantos) y de afiliados a UGT.

El episodio concluyó con el éxodo de los 2.300 y de 10.000 maestros más y el secuestro de Federico Jiménez Losantos, que recibió un tiro en la pierna, y de una compañera de trabajo en el Instituto. Algunos de los militantes de Terra lliure, que participaron en el secuestro y disparo han aparecido recientemente como protagonistas del “procés”.

El desenlace de este y otros episodios relacionados con las políticas lingüísticas y el acaparamiento de las direcciones de los partidos de izquierda por las élites catalanistas supuso una inversión del componente popular y social del tardofranquismo y la Transición. En este sentido, no hubo una ruptura, ni reforma, ni ruptura pactada. Pudo la continuidad ideológica con el “imaginario”, iconografía y significados  fabricados por la industria editorial y “sociedad civil” catalanista desde los tiempos del romanticismo decimonónico (Renaixença, que como han investigado Josep Mª Fradera y Joan Lluís Marfany, no contribuyó al renacer de nada de particular sino de una corriente conservadora pairalista) y el miedo político frente al fantasma de esos “otros” que podían poner en solfa esa construcción de la catalanidad.

El “compromiso histórico” del pujolismo y el PSUC frente al tarradellismo

En términos políticos, podríamos decir que venció el “compromiso histórico” del pujolismo y el PSUC frente al tarradellismo, verdadera obsesión de Pujol en los años de la Transición y los inmediatamente siguientes. No hay que olvidar que el PSUC era el partido “nacional” de los comunistas catalanes. Los numerosos militantes comunistas del PCE que llegaban a Cataluña desde otros pueblos de España quedaban afiliados “automáticamente” al PSUC. Estos seguían hablando del Partido, como si su Partido fuera el PCE, pero su adscripción y militancia “orgánicas” eran ya las del PSUC, el partido de los “comunistas catalanes”. Lo que para muchos era el más eficaz bálsamo político para salvar la convivencia en Cataluña y evitar la guerra de identidades nacionales, era en la práctica un proceso normalizado de desespañolización y aculturación política.

A las élites políticas catalanas, empeñadas en la recuperación de los “derechos nacionales” del “pueblo catalán”, perdidos según el relato catalanista desde 1714 (si no antes) en una secuencia que llega al franquismo, y promotoras del consenso catalanista postfranquista y del inicio de “reconstrucció nacional”, les asustaban los ecos del pasado, tan presentes en la novela del historiador “cupero” Julià de Jódar, “L´àngel de la segona mort” (1997), segundo libro de una trilogía sobre las relaciones entre las izquierdas y los catalanistas durante la Guerra civil y la posguerra.  .

No se trataba solo de los ecos de la guerra civil (de la revolución, del “fets de maig”, de los bombardeos…), sino también del liberalismo, de los motines y “rebomboris” decimonónicos, del republicanismo federalista, de las revoluciones de 1868, del anarcosindicalismo, de la “Semana trágica”, de las grandes huelgas obreras del “trienio bolchevique”, de los años de las bombas y el pistolerismo, del anarcosindicalismo, de la II República, de la revolución…, que habían convertido a Barcelona y por extensión a Cataluña en el epicentro de la historia contemporánea española. Suele olvidarse, a este respecto,  que el nacimiento,  infancia y crecimiento del PSUC durante la guerra civil se hace sobre las cenizas de anarquistas, anarcosindicalistas, federalistas, poumistas, de determinadas corrientes socialistas y comunistas y en connivencia con los nacionalistas catalanes (catalanistas republicanos).

Podemos afirmar que los años 70 constituyen un acto más del tiempo histórico de la España contemporánea, que tiene en Barcelona, y por extensión en Cataluña, uno de sus principales escenarios, si no el que más. En el siglo XIX surgen en Barcelona y Cataluña los principales baluartes del liberalismo español –y de la polémica entre librecambistas y proteccionistas-, a la vez que Cataluña se erige en escenario de la principal reacción romántica conservadora y en uno de los focos principales de la reacción anticonstitucionalista (carlista), escasamente destacada en los manuales de historia.

El catalanismo se enmarca dentro  del nuevo tipo de movimientos reaccionario a las crisis políticas y sociales y a los inicios de la democracia, que se suceden en Europa y en España a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. No pierde ese carácter. En los años terminales del franquismo, el “consenso catalanista, a derecha e izquierda, formado en torno a los ejes del pujolismo y el PSUC, converge en una especie de “constitución interna” (identitaria) para ahuyentar esos fantasmas y ecos del pasado, asociados a España. Este es el contexto en el que, de los años 50 a los 70, llegan a Cataluña  cientos de miles de campesinos y trabajadores españoles atraídos por la localización industrial en Cataluña.  Para ellos, Barcelona y Cataluña no solo son la avanzadilla industrial de España, sino de la cultura española hasta en lo musical y el ocio de masas.

Ese “consenso catalanista” ha seguido condicionando la política y vida pública catalanas  a lo largo de las cuatro últimas décadas. La mayoría de esos trabajadores “foranis” no albergaban ningún nacionalismo español; por el contrario, la inmensa mayoría eran desafectos al franquismo y al nacional-catolicismo, predominante entonces en Cataluña. Muy probablemente, en sus provincias de origen, no hubiera sido imaginable una manifestación nacional-católica como la del Congreso Eucarístico de Barcelona de 1952. Tampoco se sentían obviamente destinados a la ocupación y sojuzgamiento de Cataluña. Más bien, se sentían víctimas del obligado éxodo rural y de la desigual localización industrial previa y durante los lustros del desarrollismo franquista. Aun así, se encontraron que la palabra España era un término sospechoso; se tendía a decir y a que se dijera Estado español, expresión más próxima a la idea fascista de Nación/Estado.

Estas masas subalternas percibieron, de modo progresivo, que el término España producía salpullidos en los herederos mancomunados del pujolismo y de las izquierdas catalanistas. Cuando se empiezan a constituir entidades folclóricas, recreativas y flamencas en los barrios periurbanos de nueva construcción no aparecerá por ningún lado el término España o español, sino el de los pueblos y regiones de origen, con unas connotaciones cuyo cambio a lo largo de los años 80 y 90 denota a las claras el signo del pacto y de la evolución de la situación sociopolítica en Cataluña, asunto que trataremos más adelante.

Volviendo al término España, me interesó esta observación que recogí de un artículo de Félix Ovejero hace unos días: «Pero no es solo Iglesias. Han sido muchos, y no todos charlatanes, quienes reaccionan con aspavientos ante el uso naturalizado de España. Algunos, la primera vez que se han ocupado del nacionalismo catalán fue para advertirnos… del peligroso nacionalismo español. Una sensibilidad, sin duda, exquisita, si se tiene en cuenta que España es uno de los países con más bajos índices de nacionalismo (J. W. Becker, Opinión pública internacional e identidad nacional, Unesco, 2000) y que el españolismo identitario es residual… Hasta donde se me alcanza, no hay ningún partido político relevante que proponga lo que es común en “los países de nuestro entorno”, incluidos los más diversos: la escolarización exclusiva en la lengua común. En realidad, el mayor tópico identitario de nuestra política es el de nuestra proverbial pluralidad…».

La construcción “contra natura” de una identidad desespañolizada y antiespañola

Es decir, diríamos que “contra natura”, o sea, contra las evidencias, de ser Barcelona y gran parte de Cataluña el epicentro de la historia española contemporánea, se pasa a construir una identidad desespañolizada y antiespañola, lo que en sí mismo requiere un ejercicio de notable violencia. Se viene a decir, las fuerzas excluidas del consenso son organizaciones sucursalistas o españolistas, que se sitúan fuera de la legitimidad política catalana, en connivencia con el centralismo franquista, dando pie a una de las tergiversaciones históricas más perversas, la del falseamiento de la relación del franquismo con la burguesía catalana, que a finales de los 70 y en los 80 se apuntó con armas y bagajes  a la “normalización nacional”.

Resulta paradójico que el proceso de hegemonización catalanista se diera en un contexto de luchas por las libertades y la democracia, en que Barcelona  -Cataluña- era la vanguardia del antifranquismo, “la ciudad que fue”, que tan bien describe Federico J. Losantos, recordando su años de participación en grupos literarios situacionistas y su militancia en organizaciones marxistas (Bandera, Roja y PSUC).

No es fácil de explicar, pero tampoco es difícil de entenderlo cuando se repasa el peso e influencia que tuvo la historiografía catalanista en la conformación de las mentalidades políticas de esos años, dado el burbujeante contexto de presentismo histórico del momento: en España (Estado español), cada hipotética “comunidad política” o país tenía detrás un pueblo y pasado histórico –casi siempre ancestral- que otorgaba una identidad diferenciada a su presente político, que se entendía estaba contaminado por el españolismo (franquismo). En las movilizaciones sociales y políticas se produjo una extraña mescolanza de demandas sociales, laborales y políticas de los ciudadanos, que protagonizaban un presente en pos de las libertades y la democracia –o de la revolución-, con voces de un pasado y de unos pueblos “históricos”, en muchos casos inventados precipitadamente.

Algunos, que se enteraron de la obra del socialista exiliado Anselmo Carretero, segoviano “castellanista”, historiador vocacional, en que se hablaba de las Españas, de los pueblos hispánicos, de las nacionalidades españolas, de los países y naciones que configuran España, etc., empezaron a manejar el término “nación de naciones” y “España plurinacional”, que había manejado el socialista segoviano, a fin de casar las luchas ciudadanas y movimientos sociales por la democracia con la emergencia de las “comunidades históricas” dotadas de “derechos colectivos”.  Como es obvio, esta terminología no aparecía en las luchas laborales por la libertad sindical y las huelgas obreras.

“El PSUC y, más tarde, el PSC fueron partidos de mayorías militantes y votantes abrumadoramente xarnegas, pero dirigidos por élites “catalanistas de izquierdas”. Su  objetivo, la “integración” de sus bases militantes y apoyos sociales en la identidad catalana”.

Pero, sí que las izquierdas que dirigían las organizaciones obreras transmitían, incluso en cursillos de formación, la idea de que Cataluña era una “nación histórica”. A su disposición tenían una abundante producción historiográfica y propagandística –en estos años arranca la revista L´Avenç-, elaborada por eminentes y prestigiosos historiadores. Los catalanistas contaban con una áurea historiografía de origen romántico, del mismo corte que la del nacionalismo historiográfico español.  Y las izquierdas marxistas catalanas contaban con Pierre Vilar y manejaban la herencia de Vicens Vives, dos historiadores vinculados a la Escuela francesa de los Annales, que figuraba a la cabeza de la renovación de los estudios historiográficos y de las Ciencias Sociales, además de contar con el apoyo de historiadores “castellanos” de izquierdas, como Tuñón de Lara.

El mensaje de estas interpretaciones de la historia de España giraba sobre un doble fracaso, el fracaso de la Revolución Industrial en España (título de un libro muy comentado del prestigioso historiador Jordi Nadal) y el fracaso de la incorporación de España a la modernidad europea, lugar común en la historiografía española progresista, que conectaba con la “autopercepción negativa” (expresión del historiador Adrián Shubert) de la intelectualidad española, muy impresionable por la imagen negativa y oscurantista que habían creado de España los luteranos e ilustrados europeos, temas de los recientes y clarificadores libros de Elvira Roca y Pedro Insua.

Tales planteamientos no dejaban de ser un mito más, pero eran las que daban pie a toda la literatura e historiografía “progresista” sobre el atraso español y la industrial, moderna y europeísta, Cataluña. Y, pese a la publicación de libros determinantes sobre los mitos del “fracaso” industrial y de incardinación en la modernidad europea (David Ringrosse, Adrián Shubert) y el reaccionarismo del movimiento catalanista (Joan Lluis Marfany, entre otros), los mitos siguen funcionando como motores ideológicos y políticos de la superioridad nacional de Cataluña y del parasitismo del Estado español.

Ya entonces se habían publicado investigaciones sobre la industrialización española (Antoni Jurglar: La era industrial en España), la constitución de un efectivo “mercado nacional” español, con marcados desequilibrios regionales, que explicaba la tentativa de liderazgo del mismo por parte de los industriales y burgueses catalanes, y el conservadurismo del supuestamente moderno, liberal y europeísta catalanismo.  Pero, de cara al resto de españoles y los llegados a Cataluña desde el pobre mundo rural y agrario de otras regiones españolas, el mensaje quedaba claro: ellos, que en su mayoría era del Sur más pobre y atrasado, casi africano, de España, escapaban del caciquismo rural, del atraso secular, de la pobreza de una economía subdesarrollada y parasitaria, para llegar a un país desarrollado, moderno, productivo y europeo, que era la viva estampa del éxito de una historia y cultura nacionales propias frente al fracaso nacional español.

La persistencia de tópicos y mitos entre los intelectuales

He tenido ocasión en estas últimas semanas de escuchar una conferencia de Santos Juliá sobre la herencia española del 68 (o de los años 60 del siglo pasado) y de leer una recapitulación sobre el pensamiento “político” de Pierre Vilar. En mi modesta opinión, persisten entre los intelectuales tópicos y mitos, que velan lo sucedido entonces, desenfocan la naturaleza del “procés” y hacen incomprensible la situación actual, sobre la que todavía se aplican supuestos, tan incuestionables como falsos, heredados de los tiempos del tardofranquismo y la Transición.

Se daba por hecho la existencia entre una línea divisoria clara entre catalanismo (expresión del diferencialismo –en positivo- catalán) y el nacionalismo (en negativo: el franquismo). Con escasas salvedades, no se enmarcaba el pensamiento y las actitudes políticas de la burguesía catalana del siglo XIX en la conformación del nacionalismo español contemporáneo. El 98 era la crisis de la España anacrónica y de un Estado ineficaz, a la que estaba ligada Cataluña casi “manu militari”. Se daba por supuesto que el nacionalismo reaccionario, imperial y nacional-católico español (el franquista) era extraño a la historia catalana, aunque es cierto que las investigaciones que ponen el origen de ese nacionalismo en el nacionalismo catalán han sido algo posteriores a los años 70.

En una historiografía tan medievalista como la catalana (hasta el punto de que muchos ven a Pierre Vilar como un medievalista en la Edad Moderna) prevalecía un concepto historicista de nación, cuyos orígenes se remontan a la Edad Media; la Cataluña medieval catalana aparecía integrada desde sus inicios en el feudalismo europeo carolingio. Se remarcaban las diferencias con los tiempos medievales de la Corona de Castilla, condicionada de modo indeleble por la mentalidad militar e imperial que le impuso su prolongada confrontación con el Islam, y por supuesto con una Andalucía islámica, sin historia medieval propiamente dicha, y por tanto, sin historia proto-nacional.

El temprano triunfo del liberalismo y del constitucionalismo en España no aparecía como signo de un éxito histórico. Por el contrario, la España liberal (de la que, por otra parte, fueron fundadores determinantes los liberales catalanes)  aparecía como una nación política fallida. El modelo francés, centralista y jacobino, no aparecía como modelo progresista, sino, al revés que en Francia, como un Estado imperial y anacrónico, heredero de la España centralista de Felipe V, que cercenó el desarrollo de las naciones culturales e históricas que, como Cataluña, surgen en la época medieval. De hecho, se aplica el concepto de Estado centralista franquista a la España liberal del siglo XIX.  Pierre Vilar y sus discípulos llegan a utilizar en sentido positivo el término de “nación” industrial de los proteccionistas catalanes para contraponerlo al sucedáneo decimonónico de nación española.

Se consolidó, de este modo, en la historiografía catalana y la castellana el inexplicable tópico de que en España estaba pendiente la Revolución burguesa. Este tópico, que lo utilizaron de modo abusivo los ideólogos del PCE para justificar su política de contención de la revolución social, frente a anarconsidicalistas, poumistas y ciertos socialistas, durante la guerra civil, persistió durante el franquismo como factor explicativo de la frustración histórica y política de la industrial y burguesa Cataluña.

La idea de una España como Estado invertebrado, con naciones históricas y culturales de orígenes medievales o más antiguos, era habitual en las izquierdas del tardofranquismo y la Transición. Abarcaba el debate en el PSUC (con el grupo de intelectuales marxistas formado en torno a Manuel Sacristán) , los planteamientos de la mayoría de historiadores formados en las escuelas historiográficas de Pierre Vilar y Tuñón de Lara y las posiciones de la izquierda comunista, no solo el PCE, sino también del PTE, MC, LC, LCR y otros grupúsculos.

Cuando los emigrados a Cataluña a lo largo del siglo XX se asentaban en sus barrios, muchos de ellos de nueva construcción, se encontraban con una opinión implantada sobre Cataluña como “tierra de acogida” y una nación o país claramente diferenciado de España. Es decir, entrabas en la sociedad catalana como un foráneo. El PSUC, al igual que Pujol, recomendaba, sin más alternativas, la vía de la “integración” y se hablaba de un catalanismo integrador. Cuando llegué a vivir a Vic, en 1973,  me pregunté  más de una vez: ¿Quién ha de integrar a quién? La mayoría de los inmigrados vivía en barrios periurbanos de Vic y Manlleu, como con tanto detalle y humor recuerda Toni Puig, con sus bares, sus centros de reunión y clubes deportivos. Pero, por lo demás, estaban más implicados en los sindicatos clandestinos, en la militancia política –igualmente clandestina-, en las asociaciones de padres de alumnos y las asociaciones de vecinos, que muchos de los autóctonos, que pasaban de la vida social y asociativa. ¿Podía hablarse de que no estaban integrados o más bien de que, por un exceso de integración real, eran como una china en los zapatos de catalanistas y círculos cristianos, que eran los predominantes en aquellos años?

La aceptación de una situación subalterna

“El catalanismo se enmarca dentro del nuevo tipo de movimientos reaccionario a las crisis políticas y sociales y a los inicios de la democracia, que se suceden en Europa y en España a finales del siglo XIX y principios del siglo XX”.

Una cosa era la realidad social y otra, la hegemonía. El catalanismo era hegemónico y ante esa hegemonía ideológica, cultural y política, los “acogidos” aceptaron una situación subalterna a fin de favorecer la convivencia y, tal y como les pedían sus propios dirigentes, no jugar el supuesto papel de quintacolumnistas del franquismo y de los españolistas. Se produjo un “pacto de convivencia” tácito o implícito. Hacia 1997, es decir, un cuarto de siglo después, todavía había representantes sindicales y políticos “dels nous catalans”, que , ante las preguntas impertinentes que les hacíamos en un foro crítico con el nacionalismo (Grupo Mogambo) donde cocinamos la constitución del Foro Babel, contestaban que “no se podía tensar la cuerda, no sea que se vaya a romper”. Por cierto, los que peor nos trataron a las comisiones de “babélicos” fueron los dirigentes de izquierda, especialmente Joan Saura y su camarilla. Los socialistas, bajo la batuta de Josep María Sala, trataron siempre de jugar a la comba.

En buena medida, tenemos que agradecerle a Francesc de Carreras que hiciera visibles las grietas que se estaban produciendo en ese pacto, al votar en el Consell Consultiu de la Generalitat en contra de la ley de normas lingüísticas de 1997, que consideraba una manipulación política de la lengua y una exclusión del bilingüismo por parte de los nacionalistas. Este tipo de gestos, inimaginables años antes, indicaban que el catalanismo estaba dispuesto a alejarse cada vez más de la realidad social de Cataluña en pro de su viaje a la irredenta Ítaca y que había que aplicar un estricta política de achique de las vías de agua, huyendo hacia adelante.

Decíamos que, pese a las grietas en el pacto tácito de convivencia, seguía funcionando la hegemonía catalanista en la vida política y pública, gracias a lo que parecía la aceptación silenciosa de las identidades compartidas. Aunque en actitudes como las de Francesc de Carreras, los miembros del colectivo Mogambo y el Foro Babel, las primeras asociaciones que se opusieron a las políticas lingüísticas (CADECA, Asociación por la Tolerancia, Profesores por el Bilingüismo…) primaban las consideraciones de los derechos ciudadanos individuales y la idea de ciudadanía española frente a la de identidades y derechos colectivos, la mayoría social parecía acogerse a las ideas y prácticas de la identidades compartidas.

Desde la perspectiva comunitarista e identitaria, que era la del catalanismo hegemónico de entonces, se alimentaba la teoría de un triángulo identitario, con las identidades catalana, regional de origen y española en cada uno de los tres ángulos. El objetivo era establecer una hermandad y solidaridad entre la comunidad receptora y de acogida la catalana), que había sido víctima por diversos motivos del centralismo oligárquico español y los “pueblos” de origen (andaluz, extremeño, murciano, aragonés, etc.). Los discrepantes con esa perspectiva eran echados al crematorio del españolismo por los inquisidores del consenso catalanista. Por eso, produjo un fuerte shock inicial la publicación de La guerra de la llengua por el periodista Eduard Voltas, en 1966, en la que daba cuenta de que quienes estaban detrás de los grupos disidentes de Mogambo y el Foro Babel eran en su mayoría gentes de izquierdas (socialistas, comunistas procedentes del PSUC, PTE, FLP/FOC, de IC y EUiA, asamblearios, CC. OO., UGT…). Este despiste inicial lo corrigió después Eduard Voltas hasta el punto de haber ejercido de vicesecretario de Ómniun Cultural y de tener plaza en la Universidad.

En unas jornadas sobre Cataluña y el “crisol” cultural, que en 1998 (aproximadamente) se celebraron en el CCCB, Adela Ros, socióloga en ciencias sociales, principalmente relacionadas con las inmigraciones y la diversidad cultural y que investigaba el mundo de las peñas flamencas y casas regionales andaluzas en Cataluña,  expuso con claridad las relaciones entre los tres ángulos del triángulo identitario. La fórmula integradora funcionaba en Cataluña por las relaciones solidarias y de reconocimiento mutuo entre Cataluña y las comunidades de origen y el buen funcionamiento se produciría mientras el Estado (la identidad española) no interfiriera en las relaciones entre a aquellas. Igual que se rechazaba el principio de “lengua común” para referirse al castellano (la aceptación del español como lengua normal en Cataluña era carca), en las sedes y actos de asociaciones y peñas flamencas ondeaban solo las dos banderas identitarias (la andaluza –o la correspondiente- y la señera). Nunca se veía una bandera española en sedes o acto de estas entidades. De modo paralelo, se había producido el “rapto de España” (según expresaba el historiador Juan Pedro de las Heras en un análisis de contenidos de libros de texto) en los diseños curriculares de las Ciencias Sociales.

Para que el reconocimiento comunitario tuviera apariencias de funcionalidad y reciprocidad, era necesario que desde los pueblos de origen se construyeran a su vez unas historias, simbología y mitos identitarios.  Ese fue el caso de muchos andaluces en Cataluña que se convirtieron en el principal baluarte del andalucismo, que alentaban desde Sevilla el antropólogo Isidoro Moreno y otros grupos de izquierda. Es más, para que las entidades “andaluzas” en Cataluña recibieran subvenciones de la Junta de Andalucía tenían que mencionar en sus estatutos y denominaciones la condición de andaluzas.

En nuestra peña, la Peña Flamenca de Manlleu, nos resistimos, pero, finalmente, transigimos con unas siglas que no decían mucho de su andalucismo: ACA-Peña Flamenca de Manlleu (ACA eran las silgas de Asociación Cultural Andaluza).  No transigimos nunca con poner las dos enseñas identitarias “hermanadas”. Lo nuestro era el flamenco sin nichos ni patrimonializaciones identitarias. Para recibir subvenciones de la Generalitat, no había otra que pasar por el Departament de Benestar i Assistència Social, dado que estas entidades, a los ojos de la Generalitat, estaban desprovistas de “carácter cultural”. No pagamos el peaje y la Peña Flamenca de Manlleu no solicitó subvenciones a la Generalitat. En realidad, éramos lo que la antropóloga Dolores Juliano llamaba “culturas refugio”.

Surgió toda una literatura en publicaciones y medios sobre el “corazón dividido”, la historia del “andaluz en Cataluña y catalán en el pueblo”, “CatAndalucía” y otras expresiones del mismo tenor multiculturalista.  La implantación de esa corriente ideológica contó con el apoyo de un grupito de “agentes culturales” de origen andaluz (“els altres andalusos”, firmes partidarios de la integración en el catalanismo y acerados denostadores de las peñas flamencas y centros “andaluces”), y un fuerte impulso institucional a cargo de la Generalitat de Cataluña y de la Junta de Andalucía (TV3 y Canal Sur). Un paradigma de la identidad compartida y del corazón dividido fue la serie televisiva (después, película) “La Mari”, que acaba con el horizonte puesto en el no retorno y la definitiva incardinación en una Cataluña que le permite un futuro mejor y emancipador respecto al origen. Era la consumación del “somni català” pujolista, al que le dedicó un libro Josep Pernau.

Incluso Salvador Távora, con la Cuadra de Sevilla, rindió un tributo a esas dos identidades hermanadas, la catalana y la andaluza, con un montaje poético, plástico y musical, muy de Távora, en que las figuras de Lluís Companys y Blas Infante aparecen crucificados como dos mártires de las identidades catalana y andaluza a manos del franquismo o nacionalismo español. A Salvador Távora lo condecoraron con la Creu de Sant Jordi, que otorga la Generalitat de Cataluña. `

Claves de la “ruptura” y viraje manifiestamente secesionista del procés

El entrecruzamiento de la crisis “española” y el 15M con las grietas abiertas por una incipiente sociedad civil catalana no catalanista en años anteriores (CADECA, AT, APB, Convivencia Cívica, Mogambo, Foro Babel, Fundación Ciudadanos, ACP, grupos políticos que integran la actual FI·ENN…) da algunas claves de la “ruptura” y viraje manifiestamente secesionista del “procés” hacia los objetivos que los nacionalistas habían estado incubando, cocinando y habilitando desde los años 60 y 70. Es cuando se produce la movilización social de su sociedad civil, encuadrada, siguiendo el modelo de los fascismos de los años 30, en asociaciones de masas instrumentales  (Ómnium Cultural, ANC, AMI, Plataforma per la Llengua, los grupos juveniles que han constituido las CUP, ARRAN, etc…).

En mi opinión, la aceleración por parte de los nacionalistas del procés hacia una Ítaca independiente tiene que ver con el deseo de quedar exentos de la ley común que, a instancias de movimientos sociales y ciudadanos, ajenos al catalanismo, y a las actuaciones judiciales, empiezan a salpicar el “oasis catalán” (un mito aplicado a los años 30, recuperado en esos años).

El edificio nacionalista construido durante las décadas de “consenso” bajo el pujolismo constituye un sistema de corrupción y de estructuras mafiosas y clientelares, iguales y peores que las que han sacudido la política española. El nacionalismo catalán se propone precipitar la estrategia del “procés”, trazada mucho tiempo atrás, porque aspira a una especie de República de Saló, sin las  cortapisas legales, movimientos ciudadanos y demandas políticas que empieza a manifestar el regeneracionismo español del 15 M.

El político Oriol Junqueras, ahora en la cárcel (como tantísimos otros políticos catalanes y no catalanes), afinó en su análisis de 2011, seguramente después de horas de meditación. En un memorable artículo publicado en La Vanguardia, en 2011, escribía, como recuerda Armando Fernández Stenko (“Crónica Global”, 7 de julio de 2018): «Las esperanzas de regeneración de España que abrió el movimiento 15-M son incompatibles con los objetivos del independentismo pues podrían alejar a muchos ciudadanos catalanes del deseo de ser independientes arrojándolos a los brazos de un movimiento de renovación que pudieran compartir con el resto de los españoles». Un síntoma preocupante para los nacionalistas fue que la mayor parte de los que protagonizaron movilizaciones y acampadas en Barcelona e incluso en ciudades del interior de Cataluña hablaba en castellano.

Todo el relato identitario de las últimas décadas es ahora cosa del pasado, un puro espejismo. El discurso actual no es el corazón compartido o dividido, sino el del corazón roto. De cuanto he leído ha sido Manel Manchón (que estuvo ligado al diario nacionalista Ara) el que de forma más clara y precisa ha descrito la ruptura de ese “pacto de convivencia” (así denomina el proceso expuesto hasta aquí), que ha funcionado durante décadas.

Reproduzco algunos párrafos, aunque el artículo merece ser leído íntegro: «Se acabó. Puede durar un cierto tiempo, un periodo de transición, en el que todo sea todavía posible, en el que se añore lo vivido, en el que se reivindique una especie de olvido, un “aquí no ha pasado nada, podemos continuar”. Pero se ha acabado. La voluntad, de forma irresponsable, de una parte de la sociedad catalana de acelerar el coche, cuando los que viajaban en él no estaban preparados ni querían llegar tan lejos, ha roto un consenso que se reivindicaba como una gran victoria del conjunto de Cataluña. El periodista Jaume V. Aroca ha reflexionado sobre ello en un artículo diáfano y atrevido, con el título de Aprender a vivir con el corazón roto».

«… El independentismo no es consciente de lo que ha incentivado, no sabe que se ha cargado un consenso que, de hecho, beneficiaba en gran medida sus posiciones. El error es sideral, y alguien como Jordi Pujol lo sabe bien. El problema es que todos los Pujol de Cataluña ya no pueden parar ni influir en un movimiento que se ha creído por completo sus mentiras, y que, ahora, a corto y a medio plazo, se topará de frente con la realidad, y esa realidad no le va a gustar nada».

Igual en el nuevo contrato social que se construya no se exigirá la defensa de la identidad catalana.

Resulta que hubo integración, sí, pero más bien funcionó de forma pasiva. Es decir, el nacionalismo marcó el paso y el grueso de la sociedad avanzó porque todo lo que se conseguía era beneficioso para el conjunto. Muchos votantes de izquierdas, los que no votaban en las elecciones autonómicas, no tenían ningún problema en admitir que el pujolismo era positivo para Cataluña, aunque Jordi Pujol no les hiciera ninguna gracia, ni vieran nunca TV3, salvo para ver los partidos del Barça, o del Madrid –cuando la televisión autonómica ofrecía los partidos de Liga–. ¿Traducción? No sentían una hostilidad contra ese nacionalismo, aunque no defendieran esas tesis de forma propositiva.

El problema llegará ahora, cuando una nueva sociedad, nuevas cohortes que no tienen el recuerdo de lo que protagonizó el catalanismo, que ya no se ven representados por los partidos de la transición, pida nuevas cartas. Cuando esos jóvenes y de mediana edad que se han visto traicionados por ese independentismo que -antes, bajo el manto del nacionalismo- les había vendido la integración y la nivelación de derechos, exija un nuevo consenso bajo otras categorías: gobernar para los ciudadanos, sin políticas identitarias, más pragmatismo, menos retórica sobre el pueblo catalán y más inglés.

Es decir, un nuevo contrato social en el que ya no se verá como algo necesario e imprescindible la defensa de la identidad catalana, con el objeto de salvarla porque ha sido perjudicada históricamente… Se acabó el paradigma nacionalista, se acabó el pacto que una parte de los catalanes habían suscrito con él.

¿El catalán en las escuelas, sin revisar nada de la política de inmersión? Veremos. ¿Los medios de comunicación públicos con una sola idea de cómo debe ser la sociedad catalana? Veremos. ¿Las subvenciones públicas a todo tipo de entidades pseudoculturales que también defienden sólo una idea de cómo se debe ser catalán? Veremos. Todo estará en solfa. Todo se va a discutir. Y nadie querrá ceder. Y entonces es cuando de verdad llegará el conflicto. ¿De verdad quería esto el independentismo?

El politólogo Oriol Bartomeus lo explica en su libro El Terratrèmol silenciós, en el que señala que llega un nuevo elector… «Lo que lo marca todo es un cambio generacional, y, con ello, un cambio político. ¿O no es significativo, más allá de la coyuntura, que el 21D ganara las elecciones Ciudadanos? Y, por favor, dejen sus prejuicios y analicen los datos: dónde gana, en qué barrios, en qué tipo de contextos socioeconómicos. Y reflexionen.

El independentismo no sabe lo que ha hecho. No sabe que va a obligar a un nuevo reparto de cartas, y, como decía Jaume V. Aroca, un reparto “entre iguales”, sin que sirva ya ese pegamento que hasta ahora era el catalanismo. Aunque no se debería prescindir de él.

Vaya inmenso error, señores y señoras independentistas, aunque, tal vez, lo que llegue tenga muchos elementos positivos. Se acabó el paradigma nacionalista, se acabó el pacto que, hasta ahora, se había suscrito con él».

Defensa del  constitucionalismo y la igualdad de derechos frente al nacionalismo retrógrado

Como afirmaba Inés Arrimadas en el Parlament, si una  virtud ha tenido el procés es la inhabilitación de este pacto desigual de supuestos sujetos identitarios y multiculturalistas. Ahora, para una mayoría social el dilema es otro: defender la Constitución y los derechos ciudadanos e individuales frente a los secesionistas que propugnan una ruptura con  la ley común y la constitución de un sujeto político diferenciado con atributos y privilegios para imponer no ya su hegemonía sino su dominación política y jurídica en Cataluña, es decir, la defensa del  constitucionalismo y la igualdad de derechos frente al nacionalismo retrógrado (Vicente Serrano). El problema real está ahora en la hoja de ruta del Gobierno y el Govern. Ni unos ni otros se han enterado de que los secesionistas no tienen ya enfrente al Gobierno del Estado español sino a la mayoría social de Cataluña. No estamos en los tiempos del “diálogo” y de la bilateralidad entre Gobierno y Govern, que deja a esa mayoría social en una posición subalterna y a expensas del “procés” secesionista.

Lo señala Vicente Serrano, con una apostilla que señalábamos al inicio del escrito como la clave de la nueva situación en la que nos encontramos. Esa es la razón última de la condena al fracaso de los catalanistas que desde la “izquierda” quieren recuperar el consenso catalanista (excluyente), que ha funcionado desde 1974.  «En Cataluña, y por extensión en toda España, por suerte, el conflicto pretendidamente de identidades- catalanismo frente a españolismo-, no se ha consolidado, a pesar de los largos años de asimilación identitaria vía escuela y medios de comunicación públicos y privados y la ingente cantidad de dineros públicos que el nacionalismo catalán le ha dedicado. Hablamos de conflicto entre constitucionalismo y secesionismo; y eso, en sí mismo, es una victoria».

«Pero el constitucionalismo en España es débil por los propios complejos de la izquierda. La Constitución del 78 es hija de la izquierda y parece haber adjurado de ella. Ciertamente, se puede ser constitucionalista y proponer un cambio constitucional. Conocí a Anguita cuando reclamaba el cumplimiento de la Constitución del 78; hoy, su discurso se diluye en el de Pablo Iglesias, en una frontalidad rompedora, no ya de la Constitución del 78, sino del constitucionalismo y, por tanto, de España».

«Nunca habrá república de trabajadores en España si esta no existe. El problema de España con el nacionalismo es que no aprende de su historia. En otros artículos he apostado por el fin de la conllevanza orteguiana con el nacionalismo, bien porque se ha convertido en un “dejar hacer”, según explica Ignacio García de Leániz en su artículo: El error de la ‘conllevanza’ catalana, bien porque la conllevanza exigía una reciprocidad del catalanismo que no se ha dado, mejor dicho se ha traicionado».

«Se puede considerar patológico que todo nuevo gobierno de España se lance a dicha conllevanza pretendiendo darle una novedosa impronta que finalmente siempre fracasa. Lo hizo Felipe González cuando “impidió” que Pujol fuera juzgado por el caso Banca Catalana. Lo hizo Aznar al no recurrir “ley de inmersión lingüística de 1998” y al  “frenar” la impugnación del Defensor del Pueblo. Zapatero se pilló los dedos al comprometerse a aprobar el Estatut que saliera del Parlament. Y Rajoy siempre fue tibio con el nacionalismo –aunque este lo usara como saco de boxeo-, hasta aplicando un leve 155»

«Pedro Sánchez prueba nueva fórmula para resolver el nacional-catalanismo y vuelve a caer en una conllevanza no recíproca. Algunas de sus ofertas son cantos al sol imposibles de cumplir, como, por ejemplo, restituir los artículos anulados por el Tribunal Constitucional, porque, necesariamente, se habría de modificar la Constitución en la línea nacionalista. Será marear la perdiz y perder 2 años de legislatura, mientras el secesionismo seguirá rearmándose».

En un artículo del editor Pedro Gómez Carrizo, publicado el 30 de mayo en el diario digital El español, el autor alerta contra los cantos de sirena que reclaman “diálogo” en Cataluña con el único objetivo de perpetuar la hegemonía del nacionalismo. Pedro Gómez Carrizo publica estas rupturistas reflexiones, que en mi opinión desnudan algunas de esas claves ocultas, silenciadas, del momento actual del “procés”:

«Va cundiendo la idea de que la respuesta al desafío nacionalista está llegando de la calle. Si algún efecto positivo cabe buscar en la inacción e incompetencia no ya del Gobierno, sino del Estado español, a la hora de poner pie en pared, ésta es la de la consolidación de un tejido social que no comulga con el credo del catalanismo, un nuevo actor social formado por catalanes que se han levantado para cuestionar la hegemonía de esa otra sociedad semi-civil, fuertemente subvencionada, que ha sido motor del denominado procés».

«Ese verbo, levantarse, de indudable pedigree revolucionario, resulta muy atinado para expresar lo que está ocurriendo, por fin, en Cataluña. Es un verbo que connota la existencia de una opresión y la voluntad de librarse de ella. Para que se entienda mejor, voy a contarles una tira cómica de Quino, impresa en el libro de 1989 Potentes, prepotentes e impotentes. Son seis viñetas: en las dos primeras aparece un poderoso leyendo el periódico cómodamente sentado sobre el lomo de un humilde; en la cuarta, acabada su lectura, el poderoso se abraza al humilde diciéndole: “¡Como siempre, gracias, y hasta mañana!”, y en la sexta y última, tras la despedida, el deslomado humilde dice para sus adentros: “Un día de estos yo debiera agarrar y decir algo, pero, ¡qué sé yo!, ¡arruinar una amistad de tantos años!…».

«Como digo, me parece una descripción luminosa de lo que ha sucedido en Cataluña durante estos últimos treinta años. El catalanismo transversal que ha regido el país -la suma del nacionalismo explícito burgués y el nacionalismo implícito del catalanismo progresista- ha logrado sus objetivos en muy buena medida gracias al consentimiento de la mayoría silenciada. La sociedad catalanista privilegiada ha descansado sus posaderas durante décadas sobre las espaldas de una población trabajadora mayoritariamente no catalanista, esgrimiendo los conceptos de “cohesión social” y de “un solo pueblo” para evitar que nadie se levantase mientras leían su prensa subvencionada sobre ellos. Venían a decirles: “¿Reclamar vuestros derechos en la escuela, en los medios de comunicación, en las instituciones… y arruinar una amistad de tantos años?”. Y ese mensaje fue calando, y así han sido pocos los que se han levantado, porque la buena gente, la pobre gente, no rompe amistades».

«Mas, ¡ay!, los dioses ciegan a quienes desean perder, y sucede que esta sociedad catalanista, una de las más privilegiadas del planetase vino arriba desde el 2012, y en su ceguera muchos hasta se creyeron su propia mentira de “nación oprimida”. Y tan arriba se vinieron, y con tanto ímpetu y descuido, que se les cayó la careta -a unos pocos también la cara de vergüenza-, y de este modo muchos deslomados descubrieron que, bien considerado, mantener esa amistad tal vez no era lo más saludable para sus espaldas» (…)

Refiriéndose a las brigadas de limpieza de símbolos inconstitucionales en espacios públicos, “responsabilizándose de un trabajo para el cual la Administración catalana, en teoría intervenida por el 155, ni estaba ni se le esperaba”, señala: “Esto tiene una relevancia enorme. Quienes saben de psicología social valoran hasta qué punto es importante impedir que unos vándalos se adueñen del espacio compartido. Es conocido cómo el alcalde Giuliani logró reducir drásticamente los asesinatos y robos en la ciudad de Nueva York centrándose en prevenir y perseguir delitos menores, como pintar graffiti o colarse en el metro. Su tolerancia cero se inspiraba en la teoría de las “ventanas rotas” propuesta por el profesor de Harvard James Q. Wilson” (…).

Es importante que el Gobierno español atienda esas voces” (las de organizaciones como Aixeca´t y otras tantas –precisión mía-) “antes de emprender el proceso de diálogo anunciado que pretende mantener con el pseudopresident indisimuladamente racista Quim Torra

«La búsqueda de consenso es una estrategia perdedora cuando tu interlocutor posee una posición hegemónica»

Uno de los pilares del discurso de Levántate debería ser especialmente atendido. Dice así: «“Rechazamos que la salida a esta crisis sea el retorno a una situación anterior a la de su fase crítica y terminal. La solución no está en atajar los abusos del nacionalismo, sino en abandonar los usos que han propiciado esos abusos, es decir, la bóveda ideológica del catalanismo”. Me parece que este punto pone el foco en el meollo del problema catalán al denunciar que el proceso de ruptura con España que ha hecho erupción los últimos años no es una perversión imprevisible del catalanismo, sino, por el contrario, su consecuencia lógica e inevitable. La campana ideológica del catalanismo dentro de la cual se ha desarrollado la vida en Cataluña no era otra cosa que un huevo de serpiente, porque todo totalitarismo lo es».

«Y, desde luego, hay que andarse con tino cuando se dialoga con el totalitarismo. Antes de emprender ese diálogo, los responsables del Gobierno español tendrían que estar avisados de los peligros de las políticas de consenso y apaciguamiento. La búsqueda de consenso es una estrategia indefectiblemente perdedora cuando tu interlocutor posee una posición hegemónica».

«Fue Antonio Gramsci quien mejor analizó las estructuras de la opresión, distinguiendo entre el poder, que se ejerce mediante el uso o la amenaza de la fuerza, y la hegemonía, que se ejerce mediante el consenso, logrado a través del control del sistema educativo, los medios de comunicación y la ideología institucional».

Pedro Gómez concluye afirmando que ahora que, al fin, “la hegemonía del catalanismo, hasta ahora absoluta, ha empezado a ser cuestionadapor organizaciones y colectivos de la sociedad civil, el Gobierno español ni la ha cuestionadoni siquiera ha sido capaz de emplear la herramienta del 155 para empezar a desmantelar esas estructuras de medios, escuela e instituciones que sostienen el paradigma hegemónico”.

«Ahora, el Gobierno español ofrece diálogo a un Govern catalán que supone la quintaesencia de la negación, no solo del diálogo, sino incluso del interlocutor, al no considerar como tales a más de la mitad de sus supuestamente representados. Pero si se plantea diálogo, debería ser… confrontando modelos, y hablando de todo, no sólo del acomodo de los catalanistas en España, sino también -o mejor: sobre todo, pues el porcentaje de incómodos es muchísimo más importante- del acomodo de la población no catalanista en Cataluña; un diálogo con todos los interlocutores en pie».

Me permito acabar, por ahora, con una entrevista que el periodista Julio Merino, que ejerció de director del “Brusi” –Diario de Barcelona-, en los años de la Transición, le hizo a Josep Tarradellas. No tiene desperdicio y la transcribo como documento anexo y colofón de mi relato sobre el “procés de construcció” nacional, del que el secesionismo es un epígono, como he tratado de explicar:

«En política las cosas no se producen porque sí y de la noche a la mañana, pues todo tiene antecedentes (ni siquiera aquello del almirante Aznar del 14 de abril de 1931: «Aquí no pasa nada, solo que anoche España se acostó monárquica y hoy se ha levantado republicana», ya que antes estuvieron los errores del Rey y la Dictadura de Primo de Rivera)… También el «problema catalán» de hoy. Los nacionalistas y los independentistas no han surgido de la nada. El «desastre» actual viene de muy lejos, tal vez desde el mismo día que el señor Pujol fue elegido presidente de la Generalitat.

Pero volvamos a la conversación que mantuve con el honorable Tarradellas el 19 de enero de 1980 y que sea él quien nos hable de los orígenes del actual procés que ha dislocado a Cataluña.

— Presidente, bien –le pregunté cuando ya me había convencido de su retirada y del por qué no se presentaba a las elecciones, las primeras autonómicas que iban a celebrarse–, pues si usted no se presenta dígame a quién debo apoyar desde mi periódico (como ya he dicho en el artículo anterior, yo era en ese momento director del Diario de Barcelona).

— Ah, pregúnteme usted –dijo con cierta ironía.

(…)

— Bueno, presidente, como ve, le he dejado para el final a quien según dicen todos va a ganar si usted no se presenta, me refiero al señor Pujol ¿qué opina usted de don Jordi? Al llegar aquí, el Honorable, muy serio, se puso de pie y apoyando las manos sobre la mesa dijo: «Señor Merino, yo de enanos y corruptos no hablo» (y, sin más, volvió a sentarse, sonriente de ver la cara que a mí se me había quedado).

— Presidente, me ha dejado usted de piedra. ¿Corrupto?

— ¿Ha oído hablar, amigo Merino, de Banca Catalana?

— Algo, hay muchos rumores. (Entonces abrió un cajón de su mesa y sacó una carpeta verde, y con ella en la mano dijo: «Esto no son rumores, esto son hechos… Esa banca será la tumba política del señor Pujol… Y puede que algo más el día que las cosas lleguen a mano de los jueces. 20.000 millones desaparecidos son muchos millones y los primeros responsables son la familia Pujol. Este asunto traerá cola, mucha cola, porque además ya está en ello la Fiscalía anticorrupción».

— ¿Y qué puede pasar?

— Conociendo al personaje, yo lo tengo claro. Luchará y pactará hasta con el diablo para ser president, porque ahí espera tener su mejor escudo. Mire, amigo mío, este hombre en cuanto estalle el escándalo de su banco se liará la estelada a su cuerpo y se hará víctima del centralismo de Madrid… Ya lo estoy viendo: «Catalans, España nos roba… No nos dan ni la mitad de lo que nosotros les damos y además pisotean nuestra lengua… Catalans, ¡Visca Catalunya!». Sí, esa será su política en cuanto llegue a la Presidencia, el victimismo y el nacionalismo a ultranza. ¡Dios, así empezó Companys!… Nunca he podido olvidar el enfrentamiento que tuve con él el mismo día del disparate de octubre del 34, cuando se sublevó y quiso proclamar el Estat Catalá y la República independiente sabiendo, como sabíamos todos, que el Estado español no lo iba a permitir… Y así fue. Me temo que el señor Pujol jugará esa baza para salvarse de lo de Banca Catalana. Pero, por hoy, ya hemos hablado bastante.

— Pues, presidente, me voy preocupado.

— ¿Y cómo cree usted que estoy yo? Porque veo que mis deseos de mantener unidos a todos, los nacidos aquí y los que han llegado de fuera, se van a ir conmigo, y eso será malo, muy malo, para Cataluña. ¿Recuerda usted las palabras que pronuncié cuando volví después de casi 40 años?

— Sí, «Ja sóc aquí».

— Sí, pero antes dije «ciutadans de Catalunya», lo que ese señor del que hemos hablado me criticó, porque, según él, tenía que haber dicho «catalans» y no «ciutadans». Y eso porque yo entendía que el president tenía que serlo de todos, los de dentro, y fuese cual fuese su ideología, y los de fuera, viniesen de donde viniesen.

Y así terminó aquel día nuestra entrevista. El Honorable me despidió con afecto y me emplazó para seguir hablando del «ritmo político». Desgraciadamente, los vaticinios del Honorable Tarradellas se han cumplido y la unión de todos los catalanes por la que él luchó ha saltado por los aires y hoy Cataluña está más dividida que nunca. ¡Ay, pero el menos Honorable president Pujol consiguió escapar ileso del «escándalo Banca Catalana», porque cuando estalló la bomba él ya se había parapetado con la UCD de Suárez primero, a quien hizo presidente del Gobierno con los 8 diputados de su CiU, y luego con el PSOE de Felipe González! Y había iniciado el procés que ahora tiene paralizada a Cataluña. El victimismo, la bandera de las barras y la lengua impuesta consiguieron su objetivo: salvar a Pujol, aún a costa de los miles de catalanes y los cientos de accionistas que perdieron sus ahorros. Pero, a pesar de ello, aquellos barros trajeron estos lodos y no hay «crimen perfecto»”.

El análisis de las claves y entresijos de la etapa en la que nos encontramos -con el nuevo gobierno y el nuevo govern a la búsqueda del mundo perdido del diálogo y negociaciones bilaterales- no acaba aquí. Hay muchos más elementos, que dejo para una próxima ocasión.

Julio. 2018.

Rafael Núñez es profesor de historia.

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