Señalar para luego exterminar

Por Fernando Palmero.

Varios testigos, entre ellos Filip Müller, miembro del Sonderkommando de Auschwitz, han relatado la trágica noche en la que los gitanos que aún quedaban con vida en el campo B2e, el extremo oeste más alejado de Birkenau, fueron asesinados en las cámaras de gas de los crematorios 3 y 5. El campamento gitano (Zigeunerlager) era una anomalía dentro de la estructura concentracionaria, de trabajo y muerte de Auschwitz. Aisladas en barracones de madera, las familias vivían juntas, podían vestir ropa civil (aunque marcadas con una cruz roja en la espalda), no se les rapaba la cabeza, los SS no solían acosarles demasiado ni infligirles muchas palizas y los varones trabajaban habitualmente dentro de la zona del campo reservada para ellos. No obstante, fue gitana la mano de obra forzosa que construyó el nuevo andén y el ramal ferroviario al interior del campo, diseñado para el asesinato de los judíos húngaros en el verano de 1944. El hacinamiento (llegó a haber hasta 10.000 personas a la vez en un terreno rectangular de 500 metros de largo por 120 de ancho), la escasez de comida y las pésimas condiciones de salubridad eran, sin embargo, la contrapartida que los gitanos deportados allí desde los más remotos lugares del Reich tenían que soportar, y que acabaron con la vida de miles de ellos. “En el crematorio”, relata Müller en Tres años en las cámaras de gas (ed. Confluencias), “nos dimos cuenta de que cada vez había mayor número de cadáveres del campamento gitano, la mayoría de los cuales eran niños pequeños y ancianos. Los segundos no eran más que piel y huesos, casi todos tenían sarna, mientras a los niños muertos parecía como si los hubieran roído las ratas. Los médicos nos dijeron que en realidad se trataba de una enfermedad llamada noma que afectaba sobre todo a los niños debilitados”.

En mayo de 1944, cuando comenzaba el periodo de mayor actividad asesina de Auschwitz, Himmler dio la orden de aniquilarlos. Antes, se efectuó una selección. Unos 3.200 fueron enviados a otros campos como mano de obra esclava. Algunos de los que quedaron, muchos de los cuáles habían sido sometidos a experimentos médicos, fueron asesinados selectivamente mediante inyecciones de fenol aplicadas directamente en el corazón por el personal sanitario. El 2 de agosto, en una tarde especialmente violenta por la dura resistencia que pusieron, los 2.897 gitanos que habían sobrevivido fueron gaseados. «No fue fácil meterlos en las cámaras», recordaría posteriormente Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, según recoge Nikolaus Wachsmann en KL (ed. Crítica). En octubre, desde Buchenwald enviaron a otros 800 para llevarlos a unas cámaras de gas que dejarían de funcionar en noviembre, ante la inminente llegada de las tropas soviéticas. Se desconoce el número exacto de gitanos de toda Europa que fueron asesinados durante el Holocausto. Al menos, 250.000. Algunas fuentes elevan la cifra hasta los 500.000. A ese genocidio, cometido sobre todo por la Alemania nazi y por el Estado Independiente de Croacia, y en el que colaboraron también la Francia de Vichy, Serbia y Rumanía, entre otras naciones, se le conoce como Porraimos (literalmente devastación, en romaní).

El genocidio gitano comenzó como lo había hecho el judío. Con un censo racial. Y es difícil sustraerse a su memoria después de que Matteo Salvini, vicepresidente y ministro del Interior italiano, haya anunciado la elaboración de uno para saber quién debe o no quedarse en el país, “aunque a los gitanos italianos”, declaró con el tono racista y xenófobo que tiene todo nacionalista, “lamentablemente, nos los tengamos que quedar”. Si el antisemitismo fue el abono necesario para perpetrar la Shoá, el ancestral odio a los gitanos (calificados de asociales y a los que se identificaba con la delincuencia, la prostitución y el rechazo al trabajo) posibilitó el Porraimos. Como recordó Raul Hilberg en La destrucción de los judíos europeos (ed. Akal), la policía de Múnich había introducido ya en 1911 la toma de huellas dactilares para controlar a los gitanos nómadas de Baviera, y en 1929 instauró la Oficina Central para Combatir a los Gitanos. También durante los años en los que ejerció como ministro del Interior de Berlusconi, el antecesor de Salvini en la secretaría federal de la Liga Norte, Roberto Maroni, intentó imponer un registro de huellas dactilares de niños gitanos, paralizado por la UE. Ahora, Italia ha lanzado un nuevo desafío a la comunidad internacional con el acoso a los miembros de la comunidad gitana, que ya ha comenzado activamente en Roma, cuya alcaldía está regida por el populista y de izquierdas Movimiento 5 Estrellas, socio de la Liga Norte en el Gobierno.

El censo, decíamos. Entre el 12 y el 18 de junio de 1938, en la conocida como la semana de la limpieza gitana, miles de sinti y romà alemanes y austriacos fueron enviados a campos de trabajo en Salzburgo y en Burgenland, al este, junto a la frontera con Hungría, donde fueron empleados en la construcción de carreteras y la tala de árboles. En diciembre, Himmler emitió una circular para “combatir la plaga gitana” y, como había ocurrido con los judíos en 1935 tras la aprobación de las leyes de Nüremberg, se procedió a una exhaustiva investigación racial para determinar el grado de mezcla sanguínea, retirar la nacionalidad alemana a los señalados y aplicarles normas salariales y fiscales diferenciadas de los ciudadanos arios. A los sinti puros (considerados procedentes del Antiguo Reich y de Austria) y a algunos de matrimonios mixtos (llamados Michlinge buenos) se les permitió quedarse. También, a las familias de soldados en activo y a algunos con residencia y empleos estables, pero bajo la condición de someterse a una esterilización irreversible que evitase la contaminación de la raza aria. El resto, todos los romà y los sinti no puros, entre 22.000 y 23.000 de toda la Europa ocupada por el Reich, según Hilberg, fueron deportados a diferentes campos en el Este, en la Polonia ocupada, especialmente a Auschwitz.

Las deportaciones habían comenzado con una orden de Himmler de 16 de diciembre de 1942, acompañada de otra de 26 de enero de 1943, a partir de la cual se procedió a la confiscación de todas las propiedades de las personas que habían sido enviadas a los campos. Como en el caso de los judíos, el exterminio estaba indisolublemente unido a un robo a gran escala que sirvió para aliviar la carga de los gastos de guerra alemanes, aunque, a diferencia de la Shoá, sobre la que Götz Aly hizo un cálculo aproximado, se desconoce a cuánto ascendió lo sustraído a los romà y los sinti europeos.

El primer transporte de gitanos llegó a Auschwitz el 26 de febrero de 1943 y en fechas sucesivas lo hicieron 10.094 varones y 10.839 mujeres, un total de 20.933 personas. Algunos, como los 2.700 provenientes del distrito polaco de Bialystok, fueron enviados directamente a la cámara de gas ante la sospecha de estar infectados de tifus. Otros murieron víctimas de las plagas que asolaban periódicamente el campamento gitano. Se sabe que en los otros campos de exterminio, Belzec, Sobibór, Treblinka, Majdanek y Chelmno fueron gaseados grupos de gitanos, pero se desconoce el número. También, en el avance de los Einsatzgruppen durante la invasión de la URSS, junto a los judíos fueron fusilados gitanos en Bielorrusia, los Estados bálticos, Ucrania o Crimea.

En Serbia, donde vivían alrededor de 150.000, fueron obligados a llevar un brazalete amarillo con la palabra Zigeuner, similar al que portaban los judíos con la estrella de David. Muchos corrieron el mismo destino que aquellos en el campo de Semlin. También el Estado Independiente de Croacia, un régimen nacional-católico de inspiración nazi, inició el asesinato de sus ciudadanos gitanos con la elaboración, a partir de julio de 1941, de un censo en el que fueron inscritas unas 40.000 personas, perseguidas por razones raciales y religiosas. Al final de la Guerra, sólo quedaron con vida unas 800. Carente de cámaras de gas, en el campo de exterminio de Jasenovac, a pocos kilómetros de Zagreb, murieron 16.173 romà a mazazos, degollados o ahogados en los centros de exterminio de Ustice y Donja Gradina.

Primero fue el censo. Luego llegaron la deportación y la expropiación. Finalmente, el exterminio.

Publicado en El Mundo, 10 de julio de 2018.

Fernando Palmero es periodista, doctor por la Universidad Complutense y coautor de Guía didáctica de la Shoá (CAM, 2014) y Para entender el Holocausto (Confluencias, 2017).

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